Impulsividad
El niño actúa desde lo que siente en ese instante. Quiere responder, moverse, contestar o conseguir algo sin poder frenar a tiempo.
Los problemas de conducta no suelen aparecer porque el niño quiera complicarte la vida. Muchas veces están relacionados con impulsividad, baja tolerancia a la frustración, dificultades de autocontrol o una relación familiar que se ha ido deteriorando.
Primero hay que entender qué está reforzando la conducta y cómo recuperar una relación más firme y serena.
En muchos niños con TDAH e impulsividad, los problemas de conducta aparecen porque les cuesta parar, pensar en las consecuencias y regular lo que sienten en ese momento.
El niño actúa desde lo que siente en ese instante. Quiere responder, moverse, contestar o conseguir algo sin poder frenar a tiempo.
Cuando algo no sale como espera, puede enfadarse rápido, bloquearse, contestar mal o entrar en una lucha constante.
A veces desea ser el centro de atención. Aunque la atención que consiga sea negativa, puede acabar repitiendo esa conducta.
Cuando el niño desobedece, contesta o hay que repetirle las cosas muchas veces, los padres pueden acabar gritando o reaccionando desde el agotamiento. Eso deteriora poco a poco la relación.
La conducta no aparece en el vacío. Puede empeorar cuando hay fracaso escolar, desconocimiento del TDAH o pautas poco consistentes en casa y en el colegio.
Si al niño le cuesta inhibir una respuesta, también le costará obedecer a la primera, esperar, aceptar un no o cambiar de actividad sin conflicto.
Cuando el niño siente que todo le sale mal, su autoestima baja y puede defenderse con evitación, enfado, rechazo a las tareas o malas contestaciones.
Si los adultos interpretan todo como desafío o mala educación, pueden responder con más presión, más gritos y menos estrategia.
La situación se complica cuando el adulto también tiene poca paciencia o responde de forma impulsiva. El niño aprende mucho más de lo que ve que de lo que se le dice.
Para que la conducta mejore, la relación también tiene que mejorar. Si el niño solo percibe reproche, gritos o castigos imprevisibles, será más difícil que acepte normas y límites.
Cuando tengas que decirle algo, hazlo con una actitud firme, segura y serena. Firmeza no significa gritar: significa sostener el límite sin perder el control.
No te centres solo en lo que hace mal. Si quieres que una conducta positiva se repita, el niño necesita notar que también la ves.
Cuando la relación está tensa, es fácil escuchar sus quejas a medias. Pero escuchar no es ceder: es abrir una puerta para que la relación pueda mejorar.
Si cada día respondes de una forma distinta, el niño no sabe a qué atenerse.
A veces, por cansancio, los padres pasan por alto malas contestaciones, negativas o burlas. El niño aprende que esa conducta le sirve para conseguir lo que quiere.
La conducta mejora cuando el niño entiende mejor qué se espera de él, qué consecuencias tiene cada conducta y qué comportamientos sí le ayudan a avanzar.
Gritar puede cortar una conducta en el momento, pero no enseña al niño a regularse mejor. Además, suele aumentar la tensión en casa.
El niño necesita límites previsibles. Si la norma cambia según el cansancio del adulto, aparecerán más discusiones.
Cuando la relación mejora, el niño acepta mejor la guía del adulto. La autoridad no se sostiene solo con castigos, sino con vínculo, claridad y firmeza.
Antes de corregir una conducta, conviene mirar qué la dispara, qué la mantiene y qué obtiene el niño cuando la repite.
Si hay gritos, desobediencia, contestaciones o discusiones constantes, no se trata de aguantar más. Se trata de entender qué está ocurriendo y aplicar pautas más claras.